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tomas eloy martinez, argentina

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=799206&origen=premium
Viernes 21 de abril de 2006
Quedó inaugurada la Feria

"El libro y no la espada fue lo que creó el país"
El siguiente es el texto completo del discurso con el que el escritor
argentino Tomás Eloy Martínez dejó inaugurada ayer la 32a. Feria
Internacional del Libro. En su mensaje, el autor de "Santa Evita"
lamentó la ausencia del presidente de la Nación, Néstor Kirchner
Antes aun de que aprendiera a leer, cuando me esforzaba por desentrañar
el significado que ocultaban las formas de las letras, le formulé a mi
padre una pregunta que él me repitió poco antes de morir, porque en su
momento no la supo contestar, como yo tampoco sabría hacerlo ahora: ¿somos
nosotros quienes creamos las palabras que nombran las cosas de la realidad o las
cosas nacen de las palabras que las nombran?
Los filósofos y semiólogos han respondido de muchas maneras a esa
cuestión que acabo de formular tan torpemente como en la infancia, pero la duda
nunca dejó de estar ahí. Sé -al menos, eso sé- que avanzamos en la selva de
lo desconocido asociando palabras. Leemos para imaginar. Leemos para
aprender cómo es la respiración del mundo. Y, a veces, también leemos para
descubrir que el mundo no respira como imaginábamos, sino de otra manera. Todo y
todos somos, a cada instante, otros. Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos
pensar.
Escribir viene después. La escritura es la envidia sana de la lectura
o, más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente. Alguna vez he
contado que escribí mi primer relato a los nueve o diez años, para
salvarme de la prohibición de leer que mis padres me impusieron como castigo
durante un mes por un delito de desobediencia. Pero aquello que escribí era
sólo un resumen de lo que había leído, un magma en el que el mundo no era como
era, sino como a mí me parecía que debía ser. Tiempo después, leyendo a
Walter Benjamin, aprendí que hay cierta ansiedad en todo narrador por ser
otro, por estar en otros: "Narrar no sólo es significativo porque nos permite
asumir o dibujar un destino ajeno, que a la vez nos educa -dice Benjamin-. Es
significativo porque ese destino ajeno, gracias a la fuerza de la llama
que lo consume, nos transfiere el calor que jamás obtenemos de nuestro
propio destino". En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido,
y a veces somos también lo que no nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos
atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de
nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez o
que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros.
El primer libro completo que leí en mi vida fue una colección de
cuentos de los hermanos Grimm, de la editorial Molino, con unas ilustraciones que
acentuaban el terror de aquellas historias melancólicas, en las que
nada nunca se lograba por completo, ni la felicidad ni la derrota del mal.
Más tarde, entre los siete y los nueve años, me convertí en un devoto sin
remedio de las novelas de Alejandro Dumas y de Julio Verne. Cada vez
que he tenido en la vida una situación de desesperanza -y vaya si las he
tenido: enfermedades, exilio, pérdida de personas amadas-, volví a esos libros
de la infancia para que me devolvieran la fe en que todo regresa, de una
manera u otra: todo puede ser recuperado. Así, he releído por lo menos cuatro
veces dos novelas de construcción perfecta, El conde de Montecristo y La
reina Margot, a las que sigo buscándoles en vano los lunares de arquitectura
que no tienen.
En la adolescencia, los bibliotecarios me parecían extensiones de Dios,
herederos de un saber inagotable. Todas las mañanas iba en busca de
libros a la biblioteca Sarmiento de Tucumán, cien metros al norte de la Casa de
la Independencia, y mientras devolvía los préstamos del día anterior les
pedía consejo sobre las lecturas siguientes. Gracias a ellos, alcancé, entre
los once y los dieciocho años, el inolvidable conocimiento de Heródoto, de
los diálogos de Platón; leí el Edipo rey de Sófocles, las seis grandes
tragedias de Shakespeare, los poemas de Góngora y de Quevedo, las Novelas
ejemplares de Cervantes y, por supuesto, el Quijote. Por las noches, nos bañábamos
con mis amigos en las aguas purificadoras de la poesía más nueva.
Atravesábamos como poseídos los mares de lágrimas de César Vallejo para subir después
a las montañas de Neruda, o bajar hacia los valles de Rilke, de Mallarmé,
de Baudelaire, de Cernuda, como si las voces del mundo fueran en verdad
una sola voz inagotable. En el invierno de mis trece años me enfermé de una
tuberculosis imaginaria por identificarme con los personajes de La
montaña mágica, de Thomas Mann. Poco después, las ficciones de Faulkner me
produjeron insomnios recurrentes. Uno de los visitantes de la
biblioteca me recomendó entonces que leyera El proceso, de Franz Kafka, porque nadie
podía, según me dijo, resistir el sopor del primer capítulo. El falso
remedio agravó mi enfermedad. Apenas puse un pie dentro de Kafka, entré
en un laberinto del que no he salido todavía, yendo de La metamorfosis a
La condena y de El castillo a la Carta al padre. Y, por supuesto, en las
orillas de esos sistemas solares estaba Borges, construyendo dentro de
mí su propia galaxia.
Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el
vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.
Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro
sacramental: ya sea el Pentateuco, la Torah, los Evangelios, el Shu y el Yi de
Confucio, el Buddhavacana canónico de los budistas, el Chilam Balam y el Popol
Vuh de la América anterior a Colón. Algunas pocas naciones han tenido también
la fortuna de ser proyectadas y organizadas por grandes hombres para los
cuales el libro era un artículo de fe. Nuestra nación argentina es hija de ese
privilegio. Desde mediados del siglo XIX, letrados como Juan Bautista
Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez
Sarsfield y Nicolás Avellaneda, entre tantos otros, pensaron con pasión
en el país que querían para las generaciones sucesivas. Infinitas veces
disintieron en los detalles y polemizaron con acritud, pero las
prioridades del modelo argentino fueron, para todos, siempre las mismas: la salud,
la educación, la igualdad ante la ley, la modernidad, la apertura de las
puertas a la inmigración europea, que entonces era aluvional. Hacia
1850, Sarmiento inició una de las más admirables revoluciones pacíficas del
siglo, un torbellino comparable a la marcha de la sal de Gandhi ochenta años
más tarde. Lo que propuso Sarmiento fue crear otra vez el país, pero a
partir del libro, apagar con civilización los fuegos de la pasada barbarie.
"Para tener paz en la República Argentina -escribió- es necesario educar al
pueblo en la verdadera democracia, darles a todos lo mismo, para que todos
sean iguales." De ese principio nació la ley de educación común, gratuita,
laica y obligatoria, que abriría en la Argentina las puertas a la movilidad
social, permitiría la expansión de la clase media y sería la fuente de
la grandeza que este país alcanzó antes de 1930. En esa tradición crecimos
y nos educamos. Y por esa tradición seguimos creyendo, durante tanto
tiempo, que el país sería siempre mejor.
Sarmiento puso su obstinación indomable en lograr la sanción de aquella
ley. Tropezó durante décadas contra la oposición férrea de la Sociedad de
Beneficencia, que regía la educación pública con fondos del Estado. Lo
consiguió una década después de abandonar la presidencia de la República, en 1884. Tenía 73 años y le faltaban cuatro para morir. Una Feria del  Libro estaba entonces más allá de los sueños de cualquiera de aquellos
titanes.
Ninguno de ellos habría estado ausente en una ceremonia que recuerda,
año tras año, que está nación fue creada no por la espada sino por el
libro: la civilización en el desierto infinito dejado por la barbarie.
América latina entera se miró durante décadas en el espejo de nuestros
libros: en los que escribíamos y en los que publicábamos. Recuerdo
cuánto le admiraba a Gabriel García Márquez, en el invierno de 1967, que las
librerías de Buenos Aires estuvieran abiertas hasta altas horas de la noche y que
las amas de casa regresaran de los mercados con libros que se compraban
como artículos de primera necesidad, junto con las lechugas y el pan de los
almuerzos. Dondequiera que fui después en América latina, me encontré
con hombres y mujeres que debían su formación a los libros y revistas de la
Argentina. Tanto en Barranquilla como en La Habana o en Guadalajara y
en Panamá, los libreros ni siquiera tenían tiempo de deshacer los paquetes
que les llegaban desde Buenos Aires, porque los lectores se precipitaban
ansiosos sobre aquellos volúmenes que les iluminaban el mundo. Los
tiempos son ahora otros, y la miseria ocupa en muchos hogares el lugar que
tenía antes el conocimiento. Las batallas de estos tiempos de globalización
no se libran ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, sino para
que el mercado no los deseduque, para que los lectores no pierdan la costumbre
de ver el libro como un modo de verse también a sí mismos. Junto con
océanos de informaciones por procesar y de libros por leer, la globalización ha
engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposibles de
imaginar, porque lo que se globaliza es el mercado, no las personas.
Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a forma
alguna de educación, y más de los tres quintos restantes no pueden comprar
libros,porque la comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista
básica delas familias y, con frecuencia, lo que se gana ni siquiera alcanza para
eso.Mil quinientos millones de personas carecen hoy de agua potable y más
de mil millones viven hacinadas en casas miserables, indignas de la condición
humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir. En la
Argentina,la educación obligatoria de Sarmiento es ahora una utopía más
inalcanzable de lo que era hace siglo y medio. Innumerables chicos siguen sin poder
ir a la escuela porque tienen que ayudar a ganar el pan de sus padres, y los
que van no lo hacen para aprender sino para comer, porque a muchos de ellos
la escuela les ofrece la única comida del día.
Aun con recursos inferiores a los que harían falta, desde el Ministerio
de Educación se ha emprendido ahora una campaña esperanzadora, tendiente a
que cada niño tenga un libro. Sólo en 2005 se han invertido en esa campaña
más de cien millones de pesos. Es apenas el comienzo, pero un comienzo
mucho más luminoso que el páramo sin salida de las décadas anteriores, cuando, en
vez de estimular la lectura, los libros se quemaban, ya fuera en las piras
reales que se encendieron en algunos cuarteles, ya en las piras
simbólicas de los años 90, cuando las bibliotecas fueron sustituidas por una larga
fiesta analfabeta. Sería injusto no advertir la diferencia.

Lamento que una agenda colmada de compromisos (supongo) no le haya
permitido al presidente de la República estar ahora con nosotros, porque si bien
han llegado hasta aquí algunos miembros de su gabinete, hay muy pocos
actos, cada año, en que la presencia del jefe del Estado es insustituible. El
de hoy es uno de esos actos, porque así lo enseñan la tradición y el
destino de los argentinos. Esta celebración del libro tiene que ver con la nación
que fuimos, pero, sobre todo, con la nación que queremos volver a ser: una
nación de iguales, en la que todos tengan el mismo derecho a educarse y
a vivir dignamente. "Las escuelas son la democracia", escribió Sarmiento.
Fuimos fundados por el libro, no por la espada: lo repito. Fueron los
libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento. La espada
desbrozó el camino, pero el libro creó el camino. Sin el libro, ¿hacia qué clase de
nación estaríamos yendo? ¿Sobre qué valores estaríamos construyendo los
años por venir?
Cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras militares se
negaron a leer. Como los comandantes no leían, lo único que los
afectaba era lo que oían. Y, por lo general, oían lo que querían. Con el poder
iletrado, no hay diálogo posible: sólo obediencia y monosílabos. Después, durante
los años en los que el país fue sometido a un voraz remate, el acto de
pensar se volvió ineficaz e inútil. Para prosperar, ya no era preciso leer: es
decir, no hacía falta pensar. Se impuso el hábito de la discusión frívola. En
vez de debatir ideas, se debatían actos de viveza. ¡Cuánto nos ha costado
salir de ese pantano en el que estábamos estancados, huérfanos del libro!
¡Cuánto puede costarnos todavía encontrar un proyecto de nación que nos una a
todos!
¡Y qué difícil va a ser lograrlo si no entendemos, como tempranamente
lo entendió Sarmiento, que educar al pueblo en la verdadera democracia es
permitir que todos aprendan lo mismo para que, al menos en el caudal de
oportunidades, todos sean iguales!
El libro regresa ahora a lo que era en sus orígenes: una voz común que
vamos creando día tras día. El conocimiento humano ha ido avanzado desde las
narraciones en las cavernas a las discusiones en el ágora, y desde los
manuscritos de los monjes y de los cortesanos a los tipos móviles de
Gutenberg, y desde allí otra vez al ágora en la que todos participamos,
a través de construcciones colectivas en la Red, como Wikipedia, esa
inacabable enciclopedia a la que todas las culturas entregan su
aportes, a través de weblogs o de novelas y poemas que se componen a cien manos.
Ahora, como en el pasado, estamos escribiendo entre todos el infinito libro de
la especie humana. Pero el libro tal como lo conocemos, es decir, el
objeto rectangular de cartón o tela o cuero, dentro del cual hay hojas de
papel cubiertas de signos, perdurará y prevalecerá durante mucho tiempo
todavía, porque siempre habrá alguien que prefiera una relación de intimidad con
un autor de esa manera, a través de las páginas que van cobrando vida
mientras se abren. Sea cual fuere la forma que asuma, "la inextinguible voz
humana sigue hablando", tal como lo dijo William Faulkner en su discurso del
premio Nobel. "La inextinguible voz humana no sólo perdurará, sino también
prevalecerá, porque tiene un alma que se expresa en el libro, un
espíritu capaz de compasión, y de sacrificio, y de persistencia."
El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero siempre
termina abriéndose paso. La adversidad parece fortalecerlo. Aun en los
peores tiempos, las ideas que después se transformaron en palabras han
soslayado las censuras y las mordazas para cantar cuatro verdades y
seguir siendo incorruptibles e insumisas cuando a su alrededor todos callan,
se someten y se corrompen. Ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia
de los injustos han podido destruir el libro, porque su memoria es también la
memoria de la especie humana. He dicho ya que esta nación es hija del
libro antes que hija de sus batallas. Es hija del mandato que Sarmiento dejó
hace siglo y medio, "Las escuelas son la democracia", gracias al cual, aun
en medio del infortunio, mantuvimos en alto la memoria de nuestra pasada
dignidad y la certeza de que tarde o temprano íbamos a recuperarla. El
libro nos ha salvado. Salvemos ahora nosotros al libro de la indiferencia de
los que mandan, de la ceguera de los que creen que es posible vivir sin él,
de la estupidez de los que imaginaron que acabarían con él quemándolo o
prohibiéndolo. Salvemos al libro, porque en el libro ha estado siempre
lo mejor de nosotros. © LA NACION

Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION

envio iris de neuquen

Por lobitogabriel - 21 de Abril, 2006, 14:33, Categoría: lecturas
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